Blancanieves

Una hermosa y frágil reina, pidió un deseo a las hadas, dar a luz a una princesita, de pelo negro, como el ébano, piel clara como la nieve y labios rojos cual carmín.

El deseo se cumplió una mañana, la princesa Blancanieves nacía con gran regocijo.

Pero los deseos pedidos a las hadas, rara vez son gratuitos y se cobran el precio que creen merecido. Una vida por otra, la reina falleció, y durante muchos años, el rey quedó viudo. La hermosa Blancanieves, creció hermosa, criada por las amas que la querían y cuidaban.

Pero el rey necesitaba a una reina a su lado, así como Blancanieves, una madre que la quisiera. El rey se casó en segundas nupcias, en un gran festejo por todo el reino. La nueva reina era muy hermosa y enamoraba a cuantos la veían. Sin embargo era terriblemente vanidosa y practicaba en secreto, artes oscuras, magia negra, brujería. Tan pronto se hubo asentado en el trono, se deshizo del rey y asumió el control del reino.

Fue entonces, cuando mostró su verdadero ser, cruel y déspota. No se preocupaba más que por si misma. Celosa de la belleza de su hijastra, despojó a Blancanieves de todos sus derechos y obligó a la princesa a ser parte de la servidumbre, con la esperanza que, el trabajo duro, menguara la belleza de la joven.

Día a día, la reina preguntaba a su espejo mágico: “Espejo, espejito mágico, tú que lo sabes todo, dime ¿quién en este reino es la mujer más bella?”

Y el espejo, siempre diligente, respondía con voz monótona, carente de todo sentimiento, fría y distante: “Vos mi reina, sois la mujer más bella.”Ante la respuesta del espejo, la reina se recreaba en su vanidad.

Pero toda la magia de la reina, no podía detener el paso inexorable del tiempo. Y con él, aumentaba la belleza de la joven princesa destronada. Tras años de preguntar a su espejo, el temido día llegó, aquel en que la destronarían de su reinado de belleza. El espejo habló con voz clara y firme:

“Sois bella mi reina, pero hay otra aún más hermosa. Una flor que ha florecido. Blancanieves es la mujer más hermosa.” El espejo no vaciló al hablar, no era su naturaleza. Como espejo encantado, estaba obligado a decir la verdad ignorando que sus palabras podían tener terribles consecuencias. Al hablar, había sentenciado a la joven princesa.

Las verdades duelen y la vanidad de la reina fue la víctima de esas palabras. Terriblemente celosa de la joven, decidió que había llegado demasiado lejos al permitirla crecer y embellecer. No había lugar en ese mundo, para dos bellas mujeres.

Mandó llamar a un cazador, al que encomendó la tarea de sesgar la vida de la princesa. Debía llevarla a la profundidad del bosque y allí darle muerte. Lejos de cualquier lugar, nadie encontraría su cuerpo. Y para cerciorarse que cumplía su trabajo, le traería su corazón. Apesadumbrado, el cazador, aceptó, pues no quería que la furia de la reina cayera sobre su familia.

A la salida del sol, el cazador y la princesa, abandonaron el castillo. El primero con rostro sombrío, lleno de pesar por la tarea encomendada. La segunda, reflejaba una gran alegría por ese primer paseo que se le permitía en años al servicio de su madrastra.

El bosque despertaba a su paso. Las flores de colores, abrían sus pétalos para ver pasar a aquella bella joven, pues su belleza, rivalizaba con ellas. Las flores estaban encantadas con Blancanieves, les gustaba su presencia. Esta se acercó a ellas a captar su deliciosa fragancia, dando la espalda a su compañero.

Con pesar, el cazador, desenfundó su arma, un cuchillo que usaba para cazar osos. Era el mejor en su campo. Se acercó sigilosamente, cuchillo en ristre dispuesto a cumplir su cometido. Las dudas le asaltaron. Él había sido fiel al rey y ella era su hija, la princesa, la legítima heredera al trono.

Por algún motivo, ella se giró a verle, observando con horror lo que se proponía. En sus ojos, el cazador vio el horror y la comprensión. Al mirarla, no pudo cumplir con su cometido. Tiró el arma y la instó a huir a irse lo más lejos posible, a lo profundo del bosque, donde no pudieran encontrarla. Blancanieves, corrió y corrió, atemorizada por lo sucedido. Corrió hasta desmayarse exhausta. Mientras tanto, el cazador, buscó una presa con la que pudiera fingir haber cumplido la real orden.

La princesa, durmió todo el día y despertó a la mañana siguiente, más calmada y un poco desorientada. Pronto, recordó lo ocurrido. Durante un tiempo, se quedó sentada, observando aquel desconocido lugar. Sabía que no podía quedarse, entendía que debía encontrar refugio, un lugar en el que vivir.

Anduvo largo tiempo por el bosque y, al llegar a un claro, escondida entre la línea limítrofe de los árboles, encontró una hermosa casa, amparada por las copas de los árboles. Se acercó lentamente, cruzando un pequeño río, con la esperanza que su dueño la permitiera quedarse un tiempo, o le indicara algún lugar donde ir.

Llamó a la puerta. Nadie contestó. Al hallarse abierta, la abrió y observó la oscura habitación. A medida que se adentraba, sus ojos se adaptaron a la poca luz. Aquel lugar estaba muy desordenado y sucio. Acostumbrada a realizar tareas semejantes, Blancanieves se pasó el resto del día ordenando y limpiando, esperando ganarse así un lugar en el que pasar una temporada. Cuando terminó, completamente agotada, se tumbó a dormir en las pequeñas camitas.

Desde las lejanas montañas, siete hombrecitos volvían a su casa, la misma en la que se encontraba la princesa. Cuando entraron, quedaron asombrados ante el orden y la limpieza. No había telarañas. No había polvo. Los platos estaban perfectamente limpios al igual que la ropa. Nunca su casa había estado tan limpia. Al menos no lo recordaban.

Con gran cautela, avanzaron por la estancia temerosos de lo que pudieran encontrar. Esperaban cualquier cosa. Todo hubiera valido. Pero al ver a la bella joven, se sorprendieron. El bosque no era un lugar para ella. Nunca la habían visto. Esperaron a que despertara mientras discutían entre ellos las intenciones de la joven.

Solo uno no quería nada de ella. Decía que traería problemas. Pero sus compañeros, ya estaban acostumbrados a su carácter gruñón y decidieron no hacerle caso. Durante la discusión, alzaron tanto la voz, que despertaron de su letargo a la princesa. Blancanieves les contó su triste historia. Una historia que les llegó al corazón y por voto casi unánime, decidieron compartir aquella casa.

Blancanieves les cuidaba la casa, les preparaba la comida…y en ocasiones, también les acompañaba al trabajo, ganándose su sustento con el trabajo en la mina. Con el tiempo, incluso el más gruñón, se encariñó con ella.

Mientras, en el palacio, la vanidosa reina había vuelto ante su espejo mágico, tras un largo periodo sumida en la autocomplacencia, por tener en su poder, el corazón de Blancanieves. Pero el espejo no podía mentir, pues conocía el engaño del corazón, y comunicó que la princesa vivía en la profundidad del bosque.

La furia de la reina fue grande. Había sido engañada y traicionada. Aquel cazador, pagaría cara su osadía. Pero primero, se haría cargo de subsanar el error. Ella misma mataría a Blancanieves. Utilizando las artes aprendidas, transformó su cuerpo y sus ropas en las propias de una anciana venerable.

Su arma letal, una manzana envenenada, roja como la sangre. Reluciente fruta mortal si no se conseguía el antídoto, un beso de amor verdadero. Subestimando el poder del beso, y convencida de su victoria, partió del castillo, atravesando el amplio valle y adentrándose en el bosque.

Para Blancanieves y sus compañeros, empezaba un nuevo día de trabajo. La princesa aguardaría en casa mientras preparaba el cumpleaños de uno de sus amigos. La malvada reina llegó al mediodía, simulando ser una cansada vendedora de manzanas.

Blancanieves, ingenua del conocimiento de su madrastra, abrió la puerta acogiendo a su enemiga. Como muestra de gratitud, la anciana le ofreció la manzana ponzoñosa. Un mordisco bastó para que el veneno surtiera efecto. La joven cayó inerte en medio de la pequeña sala. En silencio y sin dejar testigo alguno, la reina se retiró regodeándose en la muerte de su hijastra.

Cuando los hombres llegaron, nada pudieron hacer por su amiga. Tanto la querían, y tan bella era, que no tuvieron corazón para enterrarla, fabricando una urna de cristal en el que poder observarla. Cada día acudían a verla, a depositarle flores como ofrenda.

Un día, un joven príncipe pasó por el bosque, y al ver la belleza de Blancanieves, cayó prendado de su hermosura. Aunque muerta, quiso despedirse y depositó sobre sus labios rosados, un beso lleno de amor. Y como decía el conjuro, la joven despertó de la muerte dormida.

Sus ojos enfocaron el rostro de su salvador del que se enamoró con la misma rapidez que lo hizo él. Ambos partieron al reino del príncipe, seguidos de sus amigos que, con el tiempo, se convirtieron en grandes lores de esas tierras.

La malvada reina fue mandada quemar al descubrirse el testamento del fallecido rey y el reino recuperó su libertad. Ambos reinos, se unieron por matrimonio, en uno solo. Todos vivieron felices desde entonces bajo la benévola mano de la bella Blancanieves.

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Mi propia versión del cuento de Blancanieves. A lo mejor todavía demasiado clásica y ceñida a la historia original, pero quería crear una nueva forma de narrar el cuento de toda la vida haciéndolo más melodioso y poético.