Melodía Nocturna

La habitación estaba sumida en la oscuridad de la noche, como cada día pasado y como cada día futuro. Había sido abandonada hacía tiempo y no guardaba tan siquiera el calor de antaño.

De sus paredes se podía ver la sombra clara dejada por unos desaparecidos cuadros. Mientras el suelo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo mezclado con la tierra y la suciedad que entraba por los cristales rotos de un gran ventanal. Todo ello hacía de la habitación un lugar frío y lúgubre.

La marca de la presencia de los cuadros era el único recuerdo que una vez alguien vivió en ella pues todo rastro de los muebles había desaparecido y solo quedaban las astillas de madera dejados por un apresurado traslado y trozos de porcelana rotos y escampados por todo el suelo.

Los meses y los años habían pasado sin tener ninguna misericordia por el lugar. ¿Pero cuándo el tiempo había sido misericordioso? Todo lo vuelve frágil, viejo, sucio y renegrido si nadie se toma la molestia de evitarlo.

Como cada noche, la luna iniciaba su ascenso en el firmamento, iluminando con su tenue luz la descuidada habitación. Su luz blanca y pura dejaba ver cosas que la oscuridad había ocultado cual foco escénico. Sus rayos plateados incidieron en una pequeña caja situada en el centro de la habitación.

Era una caja redonda de colores claros y decorada con intrincadas cenefas doradas que se estaban oscureciendo. Sobre ella se encontraba una muchacha vestida con un gracioso vestido blanco cuya falda fruncida caía con grandes vuelos hasta sus pies. Una de sus piernas estaba ligeramente levantada y su cara estaba cincelada con delicadas facciones en marcadas por su rubio pelo recogido en graciosos tirabuzones.

Cuando la luz incidió en un ángulo perfecto sobre ella, empezó a salir de de la caja una suave y bella melodía. La muñeca cobró vida y empezó a bailar con pasos cortos y gráciles. Su vestido se balanceaba al compás de sus movimientos ocultando y mostrando sus pies entre sus pliegues.

La bailarina bajó de su pedestal a través de unas escaleras de luz de luna. Allá por donde sus pies pisaban, el suelo se iluminaba y limpiaba la superficie polvorosa convirtiéndola en blanco puro. Sus pequeñas manos buscaban abarcar la inmensidad de ella. La habitación relucía y los cristales se recompusieron por toda la magia que se encontraba en el ambiente.

Cuando la última mota de suciedad hubo desaparecido, la lenta balada que hasta entonces sonaba, se volvió más intensa y rápida. Los trozos de porcelana se recompusieron formando decenas de bailarines que danzaban formando un corrillo con la bella bailarina en el centro.

Ella se paseaba entre sus compañeros mientras la saludaban con reverencias danzantes. De pronto aparecieron unas jóvenes hadas madrinas que cambiaron su sencillo vestido por otro. Era más hermoso y de un brillante azul cielo que despedía destellos y hacía destacar su delicada figura.

No le importaba bailar sola. Entonces como si alguien respondiera a su soledad, apareció una de las hadas acompañada por un joven de cabello castaño rizado y ojos verdes ataviado con un uniforme militar de color aguamarino oscuro con una franja rojo al igual que los pantalones.

Él hizo una reverencia a la bailarina esperando que ella aceptase su invitación a ese baile. Ella se recogió la falda del vestido y con una grácil reverencia ambos consintieron en bailar juntos. El joven la guiaba por el salón rodeando en más de una ocasión la caja de música que lanzaba al aire sus bellas notas musicales.

La luna en el cielo empezó a alzarse más allá de las ventanas y sus rayos dejaron de incidir sobre la caja de música. La melodía empezó a decaer tornándose en una lenta y triste balada. La habitación volvió poco a poco a la oscura y sucia situación anterior a cada paso que daba la pareja.

Los bailarines caían poco a poco al suelo, convirtiéndose en trozos de porcelana rota tal cual cayeran años atrás, de forma silenciosa. En poco tiempo, la pareja se quedó sola.

Solo un fino rayo de luna iluminaba ya la habitación y amenazaba con desaparecer. Mágicamente, volvieron a aparecer las escaleras que ascendían hasta el pedestal de la caja de música.

La pareja ascendió grácilmente, cogidos de la mano como si fueran dos reyes que subían a su trono. Allí arriba, abrazados como si continuasen bailando se quedaron parados pues la luna había desaparecido por completo.

Todo volvió al mismo estado inicial, oscuro, sucio y frío. La magia había desaparecido por esa noche.

Quién sabe si otra noche volverá a producirse tal espectáculo o si alguien lo presenciará… Es posible que ya no quede nada de la casa o de la frágil caja y ninguna magia sea capaz de reparar los daños. El futuro es impredecible y únicamente hay certeza del pasado. Conviene estar ojo avizor, sobre todo si hablamos de la magia lunar.