El poder del amor

“El amor no te salvará, sólo mis nuevos poderes lo harán”

Había estado tan obcecado con el poder, un poder destructivo de odio y muerte, que no vió el verdadero poder, uno que da vida y trae la salvación. Y es que había escuchado la voz del diablo, se había hecho su amigo y prefería creerle por encima de todas las otras voces, voces amigas, que le apoyaban y querían. Por ello, por ese poder lleno de odio lo perdió todo.

No pudo salvar a la persona que más amaba y, sin saberlo, la llevó a la muerte, lo contrario de lo que quería. Su deseo, un sueño de niño, era el de ayudar a la gente, el de abolir la esclavitud en la que había vivido los primeros años de su vida. Quería evitar que las personas murieran…

Pero siguió al diablo que le prometió el poder para alcanzar sus sueños y perdió de vista el origen que había provocado aquel deseo. Creía que podría con todo, que sería capaz de ayudar, pero sembró el mundo de muerte. Se convirtió en un ser incapaz de ayudar a nadie incluido a sí mismo, obligado a servir a otros que no se preocupaban por él.

Solo en el mundo, un mundo en el que no quedaba nadie que le quisiera. Su temor más profundo, aquel contra el que había intentado luchar, aquel que había querido evitar…se había hecho realidad.

Vivía sin vivir, atrapado por la voz del diablo que dictaba sus actos. Incapaz de creer en que hubiese alguien por quien vivir ya, por cambiar y desoír la voz del diablo, se adentraba cada vez más en las tinieblas.

Por incluso en las tinieblas, existía una diminuta luz inapagable. Era una luz de un recuerdo, de un alma incapaz de abandonarle. Siempre le gustaba observar la luz, el recuerdo, el alma… la había amado tanto que ninguna voz del diablo o no, podían hacerle que la apagase, aunque apenas fuera capaz de iluminar.

Un día, mucho tiempo después de haber seguido a pies juntillas las instrucciones que la voz del diablo le dictó, oyó un nombre, uno que creía que no existía, que no había llegado a ser y esa luz perdida en la oscuridad empezó a aumentar su luz. Sin embargo, todavía estaba rodeada de oscuridad. Cualquier acto para conseguir encontrar al dueño de ese nombre, a aquel que había encendido nuevamente la llama, estaba marcado por cierta violencia inherente a la oscuridad que por tanto tiempo le había acompañado.

Lejos, muy lejos de él, ese cuyo nombre había reavivado la luz de aquel hombre atrapado, se dio cuenta de algo, de la relación estrecha que tenían, escondida y olvidada por el tiempo. Él, todo luz, sintió la llamada de la diminuta luz atrapada y sintió que debía ayudarla. Debía rescatarle.

Durante años había estado rodeado de gente que le quería y se preocupaban por él, sin el influjo de ninguna voz diabólica. Quería ayudar, sabía que podía. Le quería, aceptaba que una vez fue su padre y en algún lugar seguía siéndolo con todo lo que implicaba.

Le quería y confiaba en él sin condiciones. La luz que poseía no tenía ninguna sombra. Cuando le vió, cuando se volvieron a ver, la duda que sembraba la oscuridad todavía imperaba con fuerza en su padre.

El diablo, molesto por la luz del joven, intentó destruirla, pues era terriblemente molesta. Sin embargo, el diablo sin luz alguna en su interior y confiado en la oscuridad que tiempo atrás había envuelto a su aprendiz, no supo ver, no supo prever el poder que la luz tenía.

Al ver a su hijo a punto de morir, que rogaba por su ayuda, no pudo sino recordar una experiencia pasada muy similar en la que, en aquella ocasión, había sido el verdugo. Un recuerdo que aún le pesaba y perseguía. Nunca quiso hacerle daño, nunca…

Y en ese momento, al ver repetirse la situación, la misma súplica aún cuando sus crímenes habían aumentado con el tiempo, recordó algo que ella le dijo:

“Todo lo que quiero es tu amor”

Y él, en su orgullo contestó:

“El amor no te salvará, sólo mis nuevos poderes lo harán”

Pero había sido como él creía, sus poderes no la habían salvado porque al final, estos poderes que creía haber conseguido, no eran capaces de salvar a nadie, pues para salvar se necesita luz, amor, no el odio del que se alimentaban esos poderes de los que hablaba el diablo.

No quería que la situación se repitiese, no quería perder nuevamente a alguien que creía en él, que le amaba… Su luz interior encontró la fuerza para brillar, el amor del hijo era su fuerza. La luz, largo tiempo encerrada, consiguió salir de su encierro y volver a brillar. Esta vez pudo salvar a la persona que le importaba.

En ese momento, creyó verla de nuevo, sonriente, diciéndole que no se equivocó, que sabía que había bondad en él. La recordó con mucha intensidad…Nunca la había sentido así desde que la perdió.

Por fin sentía paz.

Por fin entendía las palabras de sus maestros.

Ahora se daba cuenta que el amor que le pedía Padme, lo único que quería de él, la hubiera salvado a ella y a él.

El amor no pedía nada y lo daba todo. Aquel joven, sangre de su sangre se lo había ofrecido sin condiciones, sin que él le pidiese nada. Había creído en él, le había amado por encima de todos sus crímenes.

Qué ciego había estado toda su vida. El poder de salvar a alguien no tenía que ver con el cuerpo físico sino con el cuerpo espiritual, el alma…

Ahora podía ver que había llegado a salvar a su madre.. pero no lo quiso creer, no podía entenderlo.

Su hijo le pedía que viviese, que había ido a salvarle. Todavía era demasiado joven para alcanzar aquella enseñanza por sí mismo, sin ayuda. Le pidió que le dejase ir, que ya le había salvado. Le transmitió la enseñanza que tanto le había costado entender y se abandonó. Abandonó su ser y abrazó la Fuerza que le envolvía con su luz, con su amor y le acunaba para calmar todo su dolor y sufrimiento. Porque la Fuerza es amor y sólo puede dar lo que es. No se aparta de sí misma, se mantiene…

Porque no hay muerte,

Está la Fuerza.