La última carta de amor

Abrí los ojos en el momento en que la alarma sonó: las 8:00 a. m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver a dormir para siempre, pero el timbre de la casa sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta me esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía…

“Mi querida princesa,

Lo siento… Siento no haber cumplido mi promesa, esa en que te juré que estaríamos juntos para siempre pero no podía negarme a realizar aquella misión, esa misión suicida de la que ya se que no volveré… Sin embargo, saber que estarás a salvo es suficiente para mi, y aunque te cueste lograrlo espero que llegue a ser suficiente para ti. Porque tengo que hacerlo, tengo que protegerte, es lo único que he querido siempre.

Cuando te conocí estabas llorosa por el accidente que habías tenido con tu hermano. Necesitabas ayuda y os la ofrecí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Al final todo salió bien. Recuerdo tu sonrisa cuando me buscaste para agradecerme por haberos ayudado. Esa sonrisa me tocó el corazón y me enamoró… Sabía que debía protegerla a cualquier precio.

Aunque yo me haya ido, aunque ya no esté a tu lado, aunque no me veas, quiero que sepas que te seguiré cuidando desde donde esté, seré tu ángel guardián…

Quiero que te cuides, que vivas alegre, con una sonrisa en tu bello rostro. Se que puedes y si algún día crees flaquear, ve a ver a tu querido hermano. Él siempre ha logrado hacerte reír.

Hoy, en nuestro aniversario, quiero que vuelvas a sonreír, aunque sea una sonrisa triste. Quiero que puedas oler el perfume de esas flores que hicimos símbolo de nuestro amor. Esas que adoras, y que tan difíciles son de cultivar. Pero que incluso en la adversidad, vuelven a crecer, vuelven a florecer igual de hermosas… Quiero que seas como esas flores, que aunque te cueste, puedas volver a mostrar tu sonrisa.

Siempre te esperaré. Porque mi amor por ti durada hasta que el sol deje de brillar e incluso más allá…

Tu amado soldado,

Dany”

Al terminar de leer aquellas palabras, lloré. Volví a llorar como cuando me enteré que había muerto. Sin embargo, como él decía, pude esbozar una sonrisa, una sonrisa triste y llorosa.

Era tonto. Un tonto enamorado y aún así… ¿Cómo era capaz de seguir haciéndome sonreír? Volví a leer las últimas líneas, aquellas que repetían su declaración de amor hacía tanto tiempo… Esas que su momento fueron acompañadas por las mías: Hasta que ya no queden galaxias en el universo, incluso más allá…

Salí al jardín y observé el sol, ese sol al que hacía referencia, seguía brillando, él me seguía amando, incluso aunque el sol no brillase más. Volví a sonreír, algo menos triste, y sin lágrimas… Di una vuelta y recordé que toda la casa estaba cargada de promesas de amor, un amor que seguía aunque el no estuviera…

San Valentín, ya no me parecía tan mala fecha, estaba rodeada de su amor. Y esa casa, esa casa tan grande que me había agobiado en los últimos meses, era nuestra, de ambos…

El timbre de la casa volvía a sonar, acudí a abrir. Mi hermano había venido a verme, con un gran ramo de flores, mis preferidas otra vez. Venía sonriendo, dispuesto a sacarme de casa y llevarme a disfrutar de un buen día de surf juntos, como antaño hicimos los tres… Lo echaba de menos…

Decidí quedarme un tiempo en su casa, no le iba a molestar. De hecho llevaba tiempo insistiéndome en ello. Iba a dejar que él me ayúdese a volver a sonreír, esa ayuda que por tantos meses había rechazado a mi hermano.

Sonreiría siempre, aunque fuera una sonrisa triste, hasta que no queden galaxias en el universo, incluso más allá…

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